La personalidad del doctor Emilio Álvarez Montalván (Managua, 31 de julio, 1919-Idem, 2 de julio, 2014) está ligada a la tradición fundadora de la república. Su tío bisabuelo, Francisco Álvarez, fue un médico graduado en Nueva York y consejero de la fracción hegemónica en la primera etapa de “Los 30 años”; su abuelo, Emilio Álvarez Zelaya, otro profesional egresado de los Estados Unidos, y su padre, el abogado Emilio Álvarez Lejarza (1884-1969), uno de los más sólidos intelectuales conservadores y asesor político del general Emiliano Chamorro.

Yo fui discípulo de Álvarez Lejarza en mi adolescencia, y lo sería mucho después de Álvarez Montalván, quien además era uno de mis grandes amigos y valedores; a él le debo, de hecho, mi experiencia diplomática en Chile. Asimismo, me acompañó en dos academias: la de la Lengua y la de Geografía e Historia de Nicaragua, la cual apoyó y presidió con dinamismo. En realidad, la AGHN le debe su reactivación desde los años 90, y a la hora de su fallecimiento se desempeñaba como presidente honorario.

Inició sus estudios en el Colegio San Ramón, de la ciudad de León; los continuó en el Centroamérica de Granada, y al iniciar el tercer año de secundaria, pasó al Instituto Pedagógico de Managua. Estudió Medicina en el mismo León, en Chile, en Argentina y en Inglaterra, y se especializó en Oftalmología. Pero él era un hombre de pensamiento que aplicaba al ámbito de la política. Su carrera, en este sentido, se remonta a la fundación de UNAP (Unión Nacional de Acción Popular) y fue notoria. Anti somocista, acompañó a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en la cárcel; así lo refiere, mediante una prosa amena, en su último libro: Médico de vocación y aficionado en política (2013), esto es, sus memorias, no exentas de críticas agudas al sistema político vigente.

Su sensibilidad social lo condujo, desde los años 60, a sistematizar las realidades socioeconómicas del país, y su identidad conservadora a plantear una Síntesis crítica del marxismo (1982). Su afición lexicográfica la proyectó en tres valiosos trabajos: El lenguaje de los ojos (1984), Apuntes sobre el Escaliche (Lenguaje de los bajos fondos) en Nicaragua (1975), y Mil palabras en desuso (2001). Como historiador, dejó una pequeña obra analítica de los doce ejércitos que han existido en el país: Las Fuerzas Armadas en Nicaragua (1994). Pero su obra cumbre, en la que examina la conducta de nuestros políticos criollos desde la independencia, no es otra que Cultura Política Nicaragüense (1999), ya clásica, reeditada en 2001 y en 2003.

No quisiera yo prescindir de sus trabajos destinados en los últimos años a la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, comenzando con su periodización de la Medicina y de la sociedad nicaragüense: desde la mágica precolombina hasta la atómica de nuestros días. Emilio Álvarez Montalván cumplió su misión en la tierra; nos comunicó con sinceridad su visión del mundo y de la patria; nos legó, en fin, valores que debemos cultivar como hombres y ciudadanos ejemplares.

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